Presentación del libro de Piedad Ruiz “La Culpa en la mujer”

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La Culpa en la mujer (una emancipación pendiente) es el último libro publicado en la Editorial Síntesis por Piedad Ruiz. Es una obra que mucha gente que conoce y admira a la autora estaba deseando que se editara. Es posible adquirirlo por ahora sólo a través de la propia editorial.

https://www.sintesis.com/diversos-75/la%20culpa%20en%20la%20mujer-ebook-2956.html

Informaremos cuando se distribuya en librerías.

Presentamos un fragmento del mismo en este artículo.

 

El maltrato a la mujer, ¿masoquismo femenino?

Este libro pretende proseguir una reflexión iniciada hace quince años en el libro El maltrato a la mujer. Enfoque psicoanalítico a través de su historia y su clínica (2006). Dicha re- flexión tuvo como punto de partida el concepto de masoquis- mo femenino. En esos años, aún se abusaba de este concepto a la hora de explicar por qué una mujer soporta el maltrato en condiciones inexplicables (por ejemplo, por su nivel cultural o por su independencia económica). En todo caso, la ira que suscita el daño recibido en cualquier situación sin salida, sea en un hombre o en una mujer, provoca un sometimiento que puede confundirse con masoquismo. Cuando se busca explicación para entender, por ejemplo, el fenómeno de las sectas, no se habla del masoquismo de sus adeptos sino del síndrome de Estocolmo, de identificación con el agresor o incluso del lavado de cerebro (incluido como un trastorno disociativo no especificado en el DSM, Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales). Luego, explicar el síndrome de la mujer maltratada por el masoquismo no dejaba de ser otro prejuicio terrible, ya que el término masoquismo alude en principio a cierta idea de ganancia placentera y termina convirtiéndose en una acusación o bien se sitúa a la mujer bajo sospecha de una posición perversa. Así, se escuchaban frases como: “¡A la mujer siempre le gustó sufrir por amor, cuanto más sufre, más ama!”, o “el amor lo es todo para una mujer”, hasta el punto de que en estos días ha tenido cierta repercusión un titular de revista que hablaba de una actriz de esta manera: “La actriz… cumple 36 años, triunfando como actriz, pero sola en el amor”.

No obstante, hay que tener en cuenta que muchas mujeres maltratadas pueden defenderse de la agresión mediante una defensa particular, como es la idealización, que tampoco hay que confundir con el masoquismo. Judith Herman (1), una autoridad en el estudio de los supervivientes de toda clase de experiencias traumáticas, dice al respecto:

La experiencia repetida de terror e indulto, especialmente dentro del contexto aislado de una relación amo- rosa, puede derivar en un sentimiento de intensa dependencia y adoración a una autoridad todopoderosa y casi divina. 

Recordaré (2) parte de la reflexión realizada entonces acerca del supuesto masoquismo femenino, por ser mi punto de partida para este libro:

El concepto de masoquismo femenino postulado por Freud, y mantenido de una u otra forma por los autores postfreudianos, ha sido responsable de la respuesta pre- juiciosa, fácil y errónea, utilizada para explicar por qué una mujer se mantiene e incluso reincide en una relación de maltrato. El psicoanálisis, una de las aportaciones más importantes realizadas en el siglo xx en la emancipación de la mujer por investigar la sexualidad femenina, he- cho que en sí mismo suponía la separación inédita entre sexualidad y reproducción, castigaba, sin embargo, a la mujer a un supuesto masoquismo femenino en el corazón de su ser, un masoquismo específicamente femenino que definía esencialmente su naturaleza y que no era sino el resultado de su inferioridad biológica, intelectual y moral. Tamaño despropósito sólo se entiende si pensamos que el psicoanálisis no se libró de los prejuicios del poder patriarcal dominante, hasta el punto de que su teoría falocéntrica de la diferencia sexual no sólo ha sido el blanco de las críticas de los movimientos feministas, sino que para el propio psicoanálisis ha sido un impedimento epistemológico y clínico. 

Hoy mantengo esta crítica no solo porque el concepto de masoquismo es un obstáculo clínico, sino porque además me parece un obstáculo vergonzoso por tratarse no de una tesis deducida de la observación clínica, sino de un simple reflejo del orden social de una época dominada por un sistema patriarcal que anula a la mujer en su condición de sujeto deseante. Si a un sujeto se le niega su condición deseante queda anulado como tal sujeto y, por tanto, reducido a un objeto de consumo, manipulación y explotación. En una palabra, se le quita la vida y, para el ser humano, el deseo es la vida.

 

Por último, el sadomasoquismo forma parte de la condición humana, no es femenino ni masculino, sino un elemento en la construcción del Yo. F. Pereña (3) realiza una aportación clínica de gran interés en su conferencia impartida en el centro universitario La Salle y titulada El grupo en la época de la disociación social:

Lo que llamo fantasma sadomasoquista es la manera infantil de sentir protección de parte de quien tiene poder y, por tanto, puede hacerme daño. Así se instala la estrecha relación que se da en el vínculo social entre protección y daño. En la medida en que se atribuye al otro poder de protección, se le atribuye a la vez capacidad de daño.

Esta atribución, que comienza en la vida infantil respecto de las figuras parentales, puede aparecer en cualquier otra relación de dependencia de otro al que se atribuye un poder total. Al mismo tiempo, es un fenómeno siempre presente en el vínculo social, ya sea el grupo o cualquier institución en la que es ineludible la relación de poder.

 En resumen, las tentaciones del sadismo y el masoquismo en el amor estarán repartidas en ambos sexos. F. Pereña apunta que todo dependerá de si el amor se basa en las relaciones de poder o en la humildad de quienes se saben desamparados y solo se comprometen a una generosidad mutua. Para conseguir semejante hazaña, no solo habrá entonces que alejarse de la tentación de cualquier ejercicio de poder, sino que lograrlo será posible únicamente si cada cual es sujeto de su deseo y de sus actos y está dispuesto a encontrarse con otro semejante en la decepción, la pérdida, el respeto y, por tanto, en la distancia.

¿Por qué sigue siendo una hazaña que un hombre y una mujer se amen sin que la mujer sea maltratada y culpada por ello? Todos sabemos del antiguo derecho de los hombres a castigar corporalmente a sus mujeres, derecho respaldado por la supuesta “inferioridad femenina”. Como nos recuerda el documento del Instituto de la Mujer (2001), titulado Violencia doméstica: su impacto en la salud física y mental de las mujeres, numerosos textos legales regularon históricamente los castigos para las mujeres desobedientes, rebeldes o que clamaban por sus derechos, luego regulaban castigos legales, equiparando tal desobediencia o rebeldía con delitos incluso penales.

Fue J. Stuart Mill quien en 1869, en su libro La esclavitud de la mujer, denunció esta situación despertando la consciencia pública sobre el sufrimiento de las mujeres maltratadas en una sociedad como la inglesa, cuya estructura jurídica estaba fundamentada en la libertad y en la igualdad de sus miembros. El derecho al voto se consiguió en Inglaterra en 1927 y, en 1945, cuando se fundaron las Naciones Unidas, el voto solo se ejercía en 31 países. En España, hasta el año 1975 los pactos matrimoniales estuvieron establecidos por ley: el artículo 52 del Código Civil estipulaba que la mujer debía obediencia al marido y éste protección a su mujer.

Cuando se empezó a investigar el maltrato a la mujer, comenzó a utilizarse el concepto de masoquismo para explicar por qué algunas mujeres no abandonaban a las parejas que las maltrataban y, aunque se señalaba dicho maltrato como un delito bastante corriente en todos los países occidentales, no se hablaba del sadismo de los hombres para explicar por qué seguían maltratando. Además, se empezó por buscar las causas del maltrato en los trastornos mentales de las mujeres: histéricas para aquellas mujeres pasivas e incapaces de tomar decisiones; borderline o trastornos límites de la personalidad para aquellas mujeres erráticas en sus demandas.

Esta aberración basada en supuestos estudios “científicos” no recibió excesivas críticas casi hasta 1994, cuando Leonor Walker afirmó con contundencia que la categoría de masoquismo, llamada también “trastorno de personalidad auto destructiva”, no se debía aplicar en casos de malos tratos. Walker publicó su célebre libro El síndrome de la mujer mal- tratada, síndrome que fue tomado en cuenta en los procesos judiciales. Pero el problema es que ya había calado como creencia social y como respuesta prejuiciosa y perezosa en muchos ámbitos profesionales dedicados a tratar a mujeres maltratadas (psicólogos, psiquiatras, asistentes sociales, abogados, jueces, etc.). Por ello, se ha hablado de una revictimización institucional que llevó a muchas mujeres a abandonar el tratamiento o a retirar sus denuncias ante la falta absoluta de apoyo y acogimiento o por miedo a ser perjudicadas cruelmente. El “mundo al revés”, la víctima era culpabilizada por su maltratador y, cuando se atrevía a salir del maltrato, solo encontraba a profesionales de todos los campos e instituciones mirándola con recelo y poniéndola bajo sospecha, para, finalmente, y después de largos interrogatorios y supuestas evaluaciones científicas, ser culpabilizada otra vez.

¿Podemos afirmar que ya no queda “ni rastro” de esta aberración? ¿Y qué decir de la violencia en la intimidad sexual de la pareja?

Este tipo de violencia no ha sido rechazado socialmente. La presión que ejerce un hombre sobre una mujer para mantener relaciones sexuales, usando amenazas o imponiéndose a la fuerza, tiene un doble impacto traumático. En primer lugar, por el hecho violento en sí y, en segundo lugar, por que se responsabiliza a la mujer acusándola directamente de “tener problemas con su sexualidad” o con el eufemismo de “no es muy cariñosa”. La mujer se ve desposeída de su propio cuerpo y de su propio deseo, admite su culpa como un hecho incuestionable y vergonzoso. Los efectos son a la larga devastadores, su cuerpo se anestesia y termina negándose a sí misma su propio sufrimiento, todo sucede porque es “su deber”, y de este modo el acto violento se convierte en un “derecho” de su pareja.

Si miramos un poco más en profundidad, veremos que en este tipo de violencia subyace un factor sociocultural importante referido a los ideales. La idealización del amor tam- bién explica el hecho de que para muchas mujeres el ideal femenino se sostenga fundamentalmente en el amor y la ma- ternidad, que se convierten así en una exigencia vital o en su único proyecto vital. De ese modo, ella es responsable de dicho vínculo, aunque implique violencia.

Susana Velázquez (4) describe muy bien esta trampa vital en Violencias cotidianas, violencia de género:

En nuestra cultura, las mujeres suelen depender de la promesa de amor, argumento que tiene una fuerte eficacia en el psiquismo femenino, regulando los intercambios afectivos. En la búsqueda de esa promesa, muchas muje- res suelen exponerse a situaciones que las vulneran en su subjetividad cuando ceden o se someten al maltrato. Se idealiza tanto la relación con un hombre que resulta in- concebible no tenerla. La valoración de este vínculo, sin el cual la mujer no se sentiría completa, la expone a situacio- nes violentas. La mujer necesita mantener la ilusión de que la pareja, el hombre del que se enamoró, tanto quiso y aún suele querer, la sigue amando, ideal con el que construyó su vínculo. Por eso, ella suele soportar el dolor, el sufrimiento y la frustración que produce creer en las promesas del compañero de que todo va a cambiar en el futuro.  

 Pero también hay que añadir en el mismo contexto otra idealización cultural: el hombre que no tiene poder no es un hombre. Esta idealización, inseparable de la educación de los niños, culmina en la adolescencia en comportamientos de grupo muy diferentes entre los chicos y las chicas. La vida de ellos se regirá por lo competitivo, ya sea en los deportes, videojuegos, número de conquistas sexuales, récord de adicciones, conductas temerarias, etc., o el retraimiento, inhibición y aislamiento. Por otro lado, las chicas hablan y hablan de amor y seducción, compitiendo en este caso entre ellas, a la vez que se someten a la “tiranía de la imagen”. Todas las aplicacio- nes de Internet son ejemplos de este fenómeno que incluye, como todo fenómeno mayoritario, algunas excepciones.

El apego en la mujer y la culpa inconsciente

El “afán de dominio” no necesita mucha explicación, ya que el sistema patriarcal instituyó el poder para el hombre y la sumisión para la mujer. Pero ¿cómo explicar “el afán de apego ” en la mujer?

Las niñas saben muy pronto sobre su capacidad de ser madres. Hasta hace pocos años, las niñas conocían esta capa- cidad cuando las muñecas y las casitas eran sus juguetes pre- feridos. Juguetes que creaban todo un mundo de fantasías. Sus huellas inconscientes eran los escenarios de los cuidados y la organización doméstica. Si una niña se salía del guion preestablecido, empezaba a ser vista como una niña rara, con problemas, incluso podía ser tildada de antifemenina. La feminidad casi era sinónimo de apego, sinónimo de cuidados, sinónimo de sostén afectivo. Con su primera menstruación la niña ya era responsable de una posible maternidad. ¿Y cuál era la primera advertencia que las madres hacían a sus hijas? No dejarse seducir, era pecado y, además, podía tener la te- mible consecuencia de un embarazo. Eran conscientes de un cuerpo erótico a la vez que eran conscientes de un cuerpo maternal, pero, sobre todo, la culpa ya empezaba a ser un sentimiento inconsciente persecutorio ligado a su sexualidad.

La sexualidad es traumática en el humano al no coincidir, como ya hemos visto, con el instinto, siendo la pulsión el nombre de esa alteración interna y la angustia su princi- pal afectación. De ahí que la angustia traumática sea el afec- to fundacional que nos descentra y exilia de la naturaleza a hombres y a mujeres.

¿Por qué para la mujer es especialmente traumática su sexualidad?

Los esfuerzos de los movimientos sociales feministas han conducido, en su lucha por la igualdad, a cambiar muchos aspectos de la llamada “educación sexista”. Los fabricantes de juguetes han hecho una reconversión de sus objetivos comerciales en las últimas décadas. Por otra parte, con el producto más revolucionario del siglo xx, los anticoncepti- vos, se ha logrado reducir el trauma de la maternidad ado- lescente, aunque no se haya eliminado el trauma del aborto adolescente. Junto con los métodos anticonceptivos y la entrada de las mujeres en el mercado laboral, el deseo de ser madre puede ser una elección de la mujer. Sin embargo, el afán de apego persiste y las mujeres siguen reconociéndose en la ética de los cuidados.

La teoría del apego de John Bowlby plantea que el ser humano nace con una predisposición a establecer vínculos con los otros, es decir, que esta sería innata y no condicio- nada por las necesidades del recién nacido, sino motivada solo por su necesidad de protección. De esta forma, estaría objetando a S. Freud su concepto de pulsión como altera- ción interna que necesita de la asistencia ajena para vivir, como hemos descrito al hablar de la vivencia de satisfacción, que implica al recién nacido y a su cuidador. Hasta ahora es la madre ese cuidador por excelencia en la crianza, pero podría ser otra persona, siempre y cuando se construyera un vínculo afectivo entre ambos. Es decir, que no bas- ta con cuidar las necesidades fisiológicas, también hay que cuidar las necesidades afectivas, incluyendo la ternura, la sensibilidad, la contención de la angustia, en una palabra, es necesario el logro de cierta “sintonía afectiva”, según la expresión de Daniel Stern (5). Luego, el apego no se explica solo por una predisposición innata, se construye en el vínculo afectivo. Aprendemos a sentir emociones en el con- tacto afectivo con los otros. La voz, la mirada, el contacto de piel con piel, la risa, el calor del cuerpo de la madre, las palpitaciones de su corazón son signos de acogimiento.

Hablar de apego no es hablar de algo innato, es hablar de ese vínculo que inicia la vivencia de satisfacción y que en cada sujeto tendrá su singularidad. Daniel Stern habla de apego para referirse a una especie de modelos internos relacionales con los que cada uno se moverá en el mundo de los afectos, es decir, de las relaciones humanas. A su vez, este autor no cree que los patrones de apego sean en absoluto los únicos indicadores de la calidad de dichas relaciones, aunque puedan ser orientativos. En ningún caso estos indicadores son capaces de determinar, como se ha pretendido, la “calidad” de ningún vínculo. Los trabajos de Mary Ainsworth y Main Solomon establecen los fa- mosos tipos de apego: apego seguro, apego evitativo, apego inseguro ansioso-ambivalente y apego inseguro desorganizado. De estas modalidades de apego se abusa en la actualidad en multitud de evaluaciones, ya sea con vista a establecer diagnós- ticos psicopatológicos o para informar a favor o en contra de una custodia compartida en los juzgados de familia.

Por ello, he creído necesario hacer una escueta mención a este nuevo modelo que se ha impuesto en los protocolos de evaluación diagnóstica y en los tratamientos psicológicos, para así poder aclarar que, si utilizo el concepto de apego para hablar de una característica que acompaña a la mujer en su manera de amar y cuidar del otro, no es para aplicarle es- tos indicadores, sino que simplemente estoy empleando una palabra del lenguaje de los afectos.

Y si hablamos de apego hemos de hablar de otra culpa más para la mujer: su maternidad. La abnegación y el sacrificio parece que van unidos indisolublemente al mito de la “buena madre”, como si la maternidad fuese una determinación biológica instintiva. La maternidad es un deseo posible de una mujer y, como tal deseo, no es ni natural ni necesario. La feminidad como construcción social de género y la maternidad necesaria para que una mujer se sintiese “completa” han sido valores identitarios que se van diluyendo en un sistema que tiende hacia la igualdad de derechos entre hombres y mujeres. La maternidad y la paternidad son opciones posibles, y debe ser un objetivo prioritario de la lucha por la igualdad que también sean responsabilidades compartidas entre el hombre y la mujer.

Vemos entonces, que el “afán de apego” trasciende la ca- pacidad de maternidad en la mujer. Es más, es posible que este afán trascienda no solo los factores biológicos, sino tam- bién los factores culturales. Y, siempre que la mujer elija re- laciones amorosas en las que no prevalezcan las dinámicas del poder, este afán no será destructivo. En esta posibilidad, también los hombres empiezan a interesarse por lo que se ha venido a denominar “nuevas masculinidades”.

De cualquier forma, si ese “afán de apego” se traduce en una mayor capacidad de transformar la angustia en afecto, es decir, se traduce en una mayor capacidad para amar, es una ventaja extraordinaria, ya que entonces la empatía, la ge- nerosidad, la compasión y la solidaridad acompañarán a la feminidad y la masculinidad.

El problema es si esa gran disponibilidad para el amor implica necesariamente que la culpa, en su aspecto más persecutorio, tenga solo nombre de mujer y que el cuerpo de la mujer la “encarne”.

cuadro 2.1. La emancipación pendiente

  • ¿Podrán las mujeres amar sin esa “sobrecarga” milenaria?

  • ¿Podrán las mujeres gozar de su sexualidad sin que la

    culpa y la vergüenza dañen sus cuerpos?

  • ¿Podrán las mujeres no confundir su afán de apego con

    el daño y el maltrato sufrido en nombre del amor?

  • ¿Podrán las mujeres impedir que su afán de apego se

    convierta en una incondicionalidad en el amor?

 

¿Podrán los movimientos juveniles, que comienzan a de-construir el factor sociocultural de género, incidir en esta emancipación pendiente (cuadro 2.1)?

Por ahora, las mujeres jóvenes que militan en estos movimientos revelan que la culpa en la mujer ante el maltrato o ante el fracaso de una relación amorosa es insidiosa, y se trata de un núcleo muy resistente a la elaboración en los tratamientos psicoterapéuticos. Muchas mujeres jóvenes siguen siendo maltratadas en las redes sociales, mujeres incluso que en su vida social defienden la igualdad de derechos. Por ejemplo, mujeres que se animan a participar en los circuitos típicamente masculinos, como son los videojuegos en red, no pueden aparecer con sus nombres propios, sino siempre con seudónimos si no quieren ser humilladas e insultadas hasta que tienen que abandonar el juego.

Siempre el mismo fenómeno: cuando la mujer se incorpora a una actividad “que no le corresponde”, según los dictados normativos de cualquier sociedad patriarcal, sufre vejaciones de todo tipo. Existen tantos ejemplos que su enumeración cubriría páginas y páginas, pero veamos algunos. La incorporación de la mujer al trabajo, en primer lugar, era un signo que devaluaba a un marido incapaz de mantenerla, y ella se convertiría en mala esposa y mala madre. La muerte de millones de hombres en las guerras mun- diales del pasado siglo llevaron a las mujeres a las fábricas. Pero también, ante la evidencia de que las mujeres no iban a ceder, empezaron a decidirse por norma los trabajos que podrían ejercer y los que no, y las que osaban salirse de esa norma y elegir alguno que no se les hubiera asignado desde el poder recibían todo tipo de insultos. Un ejemplo terrible es el de las mujeres que se atreven, incluso hoy, a entrar en el ejército; no solo son insultadas y perseguidas, también agredidas sexualmente. “Marimachos” antes, “feminazis” hoy, son todas las que no esconden su militancia feminista, una militancia que pueden ejercer en cualquier organización feminista o simplemente de manera personal, es decir, una militancia con la propia vida.

Un capítulo fundamental en la discriminación de la mujer, con gravísimas consecuencias, son los sesgos de género en la salud, ya sea en la investigación biomédica o en los estudios de las distintas enfermedades que no pueden diagnosticarse en las mujeres con los mismos instrumentos de evaluación que se utilizan en los hombres, desde las enfermedades cardiovasculares al autismo. Este sesgo fue denunciado en los años setenta del pasado siglo por los mo- vimientos feministas. Médicos del Mundo acaba de sacar a la luz un artículo de Elena Martín, publicado a su vez en la agencia Colpisa el 1 de julio de 2020 con el título “Sesgos de género en la salud”.

 Mención aparte merece el tratamiento dado por los médicos a las mujeres con distintos padecimientos psíquicos que son inmediatamente catalogadas de “histéricas” y condenadas a no ser debidamente evaluadas, es decir, dignamente escuchadas y tratadas, por ser “culpables de su propia enfermedad”. Desde aquellas mujeres que consultaban en la Viena de Freud de 1900 hasta las que lo hacían en la época franquista y se arriesgaban a ser tratadas de “histéricas” o, incluso, mucho más tarde, aquellas que padecen fibromialgia y aún pueden ser menospreciadas en algunas consultas bajo la sospecha de que fingen su enfermedad. De este modo, lo que en principio es un síntoma psicosomático se convierte en una enfermedad de género.

La histeria fue la solución para médicos, psiquiatras o incluso obstetras. Entendieron que estas pacientes debían recibir como tratamiento el famoso “masaje pélvico”, que no era otra cosa que la estimulación manual de los genitales femeninos por parte del doctor hasta que alcanzaba el orgasmo o lo que, en el contexto de la época, se denominaba “paroxismo histérico”. Se llegaron a inventar instrumentos para ello, como el de G. Taylor, quien en 1869 creó un dispositivo vibratorio que funcionaba a vapor y que patentó como “The manipulator”. De esta manera, lo que empezó como un tratamiento que acababa siendo en muchos casos un abuso sexual terminó convirtiéndose en el juguete sexual más extendido para el placer femenino.

Por otro lado, en los medios psicoanalíticos, y gracias a la errónea y machista teoría falocéntrica freudiana, se exten- dió la costumbre de llamar “fálica” a cualquier mujer que pensaba y hablaba. Pensar y hablar solo podía ser patrimonio masculino, exclusivo de los supuestos maestros que adoctrinaban en “clases magistrales” a audiencias mayori- tariamente femeninas. Las mujeres que empezaban a estudiar en estos medios tenían que pensarlo bien antes, porque serían tildadas de fálicas y, por tanto, invitadas a acudir en algún momento a las sesiones del consabido análisis personal, con sus formas más ofensivas: sus sueños, por ejemplo, serían interpretados con el penisneid como clave oracular de muy malos presagios para su vida amorosa y sexual. Ade- más, sus deseos serían interpretados con el supuesto “rigor” edípico, por el que la “ley del padre” es la ley “simbólica” por excelencia y la “madre”, sin ley, claro está, es caníbal, solo el padre pone las cosas en orden. Se le llame complejo de Edipo (Freud) o metáfora paterna o Nombre-del-Padre, transformación lacaniana del concepto, por el que se intenta camuflar el sesgo patriarcal, la mujer es inferior y desordenada, por no estar toda ella en el goce fálico. La ley del padre es la que ordena si la mujer no quiere caer en el goce inefable e indecible, y solo puede gozar de verdad en el misticismo. Con esta operación se devuelve como siempre a la mujer al silencio y al sometimiento de un poder divino que encarnan el hombre y el falo, significantes del deseo y del goce ordenado.

A muchas mujeres psicoanalistas se les ha planteado en las últimas décadas el siguiente dilema: volver del análisis personal a sus clases y conferencias con la cabeza baja, in- hibidas y en silencio, si querían conservar un ápice de su feminidad, o rebelarse. Solo las rebeldes pudieron librarse de esos abusos patriarcales que usaban la relación trans- ferencial para ejercer el poder, sugestionar e influir, persiguiendo cotas de poder en su rivalidad con los otros machos del lugar. Solo las rebeldes pudieron seguir pensando, hablando y dando cuenta de las preguntas que realmente ayudan a comprender la clínica. Solo las psicoanalistas re- beldes pueden seguir cuestionando estos conceptos con un claro sesgo patriarcal con la ayuda de los movimientos feministas, con la cantidad ingente de estudios de género que miles de mujeres de todo el mundo llevan realizando en las universidades e instituciones y con la propia clínica psicoanalítica, que sigue interrogándose y no se somete a ningún tipo de doctrina dogmática.

 

Un acto de rebeldía

Las mujeres de hoy están en camino de destronar el mito de la femineidad, comienzan a afirmar concretamente su independencia, pero sólo con gran esfuerzo logran vivir integralmente su condición de ser humano. El segundo sexo. Simone de Beauvoir (1949)

La autora de El segundo sexo, si yo tuviera que hacer un balance de su aportación a la tradición del pensamiento feminista, sería la teórica que extrae las consecuencias filosóficas más radicales de la lógica de la vindicación. Desde ese punto de vista, Simone de Beauvoir ha sido la filósofa del movimiento sufragista, que tuvo su eje de articulación fundamental en la vindicación. En cuanto filosofía, es efecto reflexivo de este movimiento… No es casual, pues, que fuera escrito en 1949, en la “resaca” de aquella oleada (si bien, anticipa prospectivamente lo que será el neofeminismo de los 70). Las mujeres han de ser incluidas en lo genéricamente humano, lo cual, ni en su tiempo, ni siquiera ahora –¡no se olvide! es algo que pueda darse por obvio.

La gran diferencia y sus pequeñas consecuencias… para las luchas de las mujeres. Celia Amorós (2005)

Estas dos mujeres, Simone de Beauvoir y Celia Amorós, representan la lucidez y la dignidad de las luchas de las mujeres. Su pensamiento destrona cualquier mito sobre la inferioridad intelectual de la mujer, con un mérito añadido: haberse re- belado contra el lastre de su propia educación anclada en un sistema patriarcal que le atribuía una “sobrecarga de identidad”, formulación de Michèle Le Doeuff (6). La identidad tiene mucho que ver con “lo que han hecho de nosotros”: connota pasado, determinación adscriptiva. La subjetividad, que tiene mucho que ver con la libertad, con lo que hacemos de aquello que nos ha venido dado, connota futuro, proyecto, elec- ción. Como señala Celia Amorós, “a las mujeres se nos asigna el deber de la identidad, al ser las depositarias de los bagajes simbólicos de las tradiciones. Los varones se autoconceden el derecho a la subjetividad, que les da siempre margen direc- cional de maniobra para administrar, seleccionar y redefinir tales bagajes”.

Tanto Beauvoir como Amorós han denunciado esta sobrecarga que a lo largo de la historia de la humanidad ha sustituido el “deber ser” por el “ser”, eliminando así la posi- bilidad de la elección. De esta manera, cargadas de deberes y sin derechos, las mujeres se han convertido en las heroínas del funcionamiento social, a la vez que quedaban excluidas. Eran vasallas, no ciudadanas, como atestigua esta cita de L. Mizrahi (7):

Existe un principio del Bien que creó el orden, la luz y el hombre y un principio del Mal que creó el caos, las tinieblas y la mujer”. Pitágoras. “Adán fue llevado al pecado por Eva y no Eva por Adán. Es justo que la mujer reciba como patrón al que indujo a pecar”. San Ambrosio. “Y todas las mujeres tienen poco cerebro, y no hay una que sepa decir dos palabras y las predique, porque en tierra de ciegos, el que tiene un ojo es señor”. Maquiavelo. “No está bien, y por muchas razones, que una mujer estudie y sepa tantas cosas”. Molière. “La mujer está hecha para ceder al hombre y para soportar también sus injusticias”. Rousseau. “La mujer no pertenece a sí misma sino al hombre… El hombre es el administrador de todos sus derechos, él es un representante natural en el Estado y en la sociedad entera”. Fichte. “Todas las mujeres, en la conservación de su existencia (en mantenimiento y protección), no dependen de su propio impulso sino de las órdenes de los otros”. Kant. “Las mujeres pueden tener hallazgos, gusto, delicadeza, pero no tienen ideales… El destino de la joven es esencialmente la relación  matrimonial”. Hegel. “La mujer casada es una esclava que necesita saber montar un trono”. Balzac. “La felicidad del hombre dice: yo quiero. La felicidad de la mujer dice: él quiere”. Nietzsche”.

Afortunadamente, en las últimas décadas se han escrito miles de libros repletos de citas como estas que recogen el pensamiento de los más destacados hombres sabios que nos ayudan a saber de dónde venimos y a conocer también la enorme valentía de tantas mujeres que han luchado para que dicho pensamiento sea por fin abolido. Freud, a pesar de haberse planteado la famosa pregunta acerca de qué quiere una mujer, obtuvo respuestas parecidas al resto de sus sesudos colegas. Veamos una de sus reflexiones, digna de la secuencia citada anteriormente.

Freud habla de una supuesta discordia en las mujeres entre cultura y amor. Da por hecho que las mujeres ejercen una opo- sición y una influencia dilatoria y conservadora de la corriente cultural, y que son ellas mismas las que originalmente estable- cieron el fundamento de la cultura con las exigencias del amor: “Las mujeres representan los intereses de la familia y de la vida sexual, la obra cultural, en cambio, se convierte cada vez más en tarea masculina, imponiendo a los hombres dificultades crecientes y obligándoles a sublimar sus instintos, sublimación para la que las mujeres están escasamente dotadas… La mujer, viéndose así relegada a un segundo término por las exigencias de la cultura, adopta frente a ésta una actitud hostil” (8). Vemos aquí lo que el “espíritu” de una época puede hacer de uno de los pensadores más importantes del siglo xx. La obra de Freud presenta grandes contradicciones, este es un gran ejemplo, pues expone una idea y la idea contraria al mismo tiempo: las mujeres estarían escasamente dotadas para la sublimación, pero son las que inauguraron la mayor sublimación de la humanidad: el amor. Pero ¿cómo explicar la subordinación de las mujeres y el hecho de quedar reducidas a objeto sexual y a la maternidad si no es retorciendo cualquier argumento?

En 1932, después de exponer en sus Nuevas lecciones introductorias al psicoanálisis. La feminidad, una recapitulación de todo lo desarrollado sobre la sexualidad femenina, concluye lo siguiente: “Si queréis saber más sobre la feminidad, podéis consultar a vuestra propia experiencia de la vida, o preguntar a los poetas, o esperar a que la ciencia pueda procuraros“.

 

1  Herman, J. (2004). Trauma y recuperación. Cómo superar las consecuen- cias de la violencia. Madrid: Espasa Calpe, p. 153.

2  Ruiz, P. (2006). El maltrato a la mujer. Enfoque psicoanalítico a través de su historia y su clínica. Madrid: Síntesis, p. 99.

3 Pereña, F. (2019). El grupo en la época de la disociación social. IV Jornadas sobre la Intervención con Grupos y Equipos. Madrid: Centro Universitario La Salle.

4 Velázquez, S. (2003). Violencias cotidianas, violencia de género. Buenos Aires: Paidós, p. 113.

5 Stern, D. (1998). La primera relación madre-hijo. Madrid: Ed. Morata, S. L.

6 Doeuff, M. (1993). El estudio y la rueca: de las mujeres, de la filosofía, etc. Madrid: Cátedra.

7 Mizrahi, L. (1990). Las mujeres y la culpa. Buenos Aires: Emecé.

8 Freud, S. (1973). El malestar en la cultura. T. III. Madrid: Biblioteca Nueva, p. 3041.

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