Fernando Colina. Sobre el último libro de F. Pereña: Una clínica sin doctrinas

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UNA DESPEDIDA

“El arte que propone en estas lecciones ya no contiene restos de un saber institucional, sino que escucha el dolor y permanece, como indica con concisión, «a la espera». Esperar, acompañar, atender, cuidar, en ningún caso curar, son las palabras que definen su clínica, de nuevo redescubierta en su jovial artesanía. Algo muy distinto a dirigir, evaluar, diagnosticar o interpretar, que son palabras del psicoanálisis, de la psicoterapia y de la psiquiatría.”

 

Francisco Pereña quiere cerrar un ciclo y solicita a su amigo que le acompañe a cambiar de aires y a trasladar ante el lector su experiencia profesional. Quiere dar cuenta de su clínica actual, de ese presente efímero con el que reta al futuro y se burla del pasado inmerecido. Un presente que no contempla promesas ni nostalgias, que se limita a vivir una ilusión desilusionada y a disfrutar de la longeva juventud que tiene ante sí.

Pereña es autor de una docena de libros, un destajo que se inicia con La pulsión y la culpa y concluye con estas lecciones introductorias. Quien le siga de cerca comprobará que su biografía intelectual no es lineal ni cursa por acumulación progresiva de saberes, como en general suele hacerlo cualquier intelectual, sino por interrupciones superpuestas y sucesivas, estratificadas en capas concéntricas. Su modo de hacer y de saber atraviesa las experiencias, se aleja o huye de ellas, retoma otras donde se siente más libre, más hondo, pero a la vez más exterior, más en la superficie. Una vez que toma asiento sobre un saber, en cuanto puede abandona su nueva perspectiva y comienza a tejer otra túnica para cubrirse por fuera con suma diligencia.

Pese al movimiento continuo que observamos, su pensamiento no deja al descubierto signos alarmantes de incoherencia o arbitrariedad. No estamos ante un discurrir ramificado que escapa en todas las direcciones sin conexión ni capitalidad. Aquí hay un núcleo permanente que no se limita a ocupar un lugar en el recuerdo, ni el puesto que corresponde a una experiencia testimonial. Aquí hay un centro invariable, compacto y grávido, que le da identidad y reconocimiento. Un núcleo activo, tanto más firme cuanto que necesita mucho vigor para atravesar los anillos que han ido creciendo en su entorno, esos círculos de madera que construyen un tronco y se adensan bajo la corteza. Este libro, precisamente, es un fiel exponente de lo que late en ese núcleo, que no es otra cosa que la pulsión y el afán de verdad. La voz seria de Pereña remite siempre al inconsciente y se convierte en un eco pulsional. Quien quiera conocerle o leerle debe tener siempre en cuenta este origen, pues en caso contrario permanecerá al margen de sus ideas.

El autor tiene a sus espaldas un largo recorrido. Su camino ha discurrido hasta ahora en etapas periódicamente suspendidas. De la teología a la política, de la semiótica al análisis del discurso, del psicoanálisis a la clínica. Algunas de ellas podemos leerlas en Incongruencias, un texto de 2011 donde nos ofrece una reflexión autobiográfica no exenta de desesperación e ironía. Pero la que ahora nos interesa es la que transcurre sutilmente entre el psicoanálisis y la clínica. Somos testigos de un proceso de independencia que persigue a Pereña –o que Pereña apremia– a lo largo del tiempo, y que se podría calificar, sin extralimitarme, de fantasma personal. Una matriz individual que le exige un despojamiento continuo. El último desnudamiento sirve de argumento a este libro. Entró en el psicoanálisis en un momento concreto de su vida. Se hizo psicoanalista y obtuvo el galardón AP (Analista de la Escuela), vértice del cursus honorum lacaniano, para a renglón seguido, en cuanto tocó fondo y comprobó la siniestra liturgia que lo ocupaba todo, escapar de doctrinas, dogmas e iglesias y obtener la única pertenencia que le parece lícita, la de pertenecerse a sí mismo. En la lección tercera de nuestro texto lo formula de un modo exacto: «No digo que desaparezca la pertenencia, no es posible, pero si el deseo de vivir no se sacrifica a la pertenencia, la distancia con la impostura es posible y, por tanto, se puede resistir desde la no-pertenencia al mundo».

Queda lejos febrero de 1998, cuando inició un proceso de «inversión del entusiasmo, del hastío y la desorientación» que le provocaba el Campo Freudiano, según los términos con que se dirigió a su entonces jefe de filas, que ejercía de Censor del grupo. Por entonces empezó a despojarse, a asentarse, a enderezarse y a descubrir la clínica como un encuentro entre él, indefenso, y la persona que solicita ayuda. Estas lecciones son la crónica viva de ese descubrimiento y esa transformación que conduce del psicoanálisis a la Clínica, a una clínica modesta pero mayúscula. Un tránsito circular que discurre impertérrito de la catástasis a la apocatástasis, sin ningún recelo a la hora de recorrer los caminos en ida y vuelta, invirtiendo abruptamente los sentidos. Un recorrido donde concurren las ideas más importantes del pasado, esto es, las emanaciones del núcleo de la pulsión y el inconsciente, para desde esa incandescencia responder cara a cara a la angustia y torpeza del otro con las mismas armas, la soledad y la propia angustia. Sin necesidad de otros pertrechos ficticios. De dolor a dolor, de extrañeza a extrañeza, de exilio del mundo a exilio del mundo, según palabras de nuestro autor.

En mi prólogo a El hombre sin argumentos, destacaba tres modulaciones: el saber del inconsciente, el psicoanálisis agrupado y la experiencia clínica personal. De los tres, el segundo, por fortuna, ya no cuenta en su oficio. Ya no hay grupo ni pertenencia diecisiete años después. Tras pasear por el bello absurdo de la vida, el autor ha sido devuelto a su estado original. En este último prólogo que escribo para él, final, vital y mortal al mismo tiempo, sólo quedan el clínico y su inconsciente. La pulsión se ha ido despojando de su corsé neurótico y se deja ver con su febril mudez, sin que el autor pierda la calma ni agite las manos con desesperación. La clínica, ya descalza y solitaria, queda invadida por una serenidad desconocida ante la nada, que pronto se convierte, sin argumentos, en un presagio vacío pero lleno de abnegación. El vacío se vacía, sin que nada, que no sea la simple vida, venga a llenarla, al modo de Schopenhauer, mediante «voluntad y representación».

El lector va a encontrar desde la primera lección las cartas al descubierto. El sujeto es presentado en su radicalidad, reconocido como algo extraño, ajeno al mundo, que nos acoge en su exilio, nos identifica y, a renglón seguido, nos disuelve en el inconsciente. Desde esa alteridad, sin otros apoyos, el psicoanalista desengañado nos propone un ejercicio limpio que no dé pie a falsas ilusiones, a creencias inútiles y a arreglos ventajistas. Cuando se sigue el pensamiento de Pereña hay que prepararse para perder las buenas costumbres o, dicho de otro modo, las costumbres cómodas y fáciles. Ya no basta con pedirle al clínico que escuche y module su saber, sino que se le exige oír el silencio y acoger la ausencia. Es la capacidad para encontrarse con el otro, allí donde no está, lo que posibilita la ayuda, la ayuda cierta, no el abrazo, el sentimentalismo o el iluso vamos a hablar. Escribía Blanchot sobre la necesidad de renunciar a conocer a aquellos a quien nos une algo esencial, y algo parecido a este alejamiento debe inspirar la relación del clínico con su pareja de dolor, a la que hay que aceptar en su relación con lo desconocido.

Atender a alguien, prestar ayuda a quien lo solicita, se convierte en algo muy distinto de enseñarle un comportamiento, facilitar una interpretación o hacerse transferencial compañía. Implica simplemente mirar hacia dentro de cada uno y escuchar la música del infierno que aportamos a la vida. Consiste en oír la melodía universal de esa satisfacción disparatada que encontramos en hacer daño a los demás y que tanto perturba y sorprende a Pereña. Un gesto despótico y cruel del otro, de todo otro, que coloca decidido en el centro de su punto de mira.

El arte que propone en estas lecciones ya no contiene restos de un saber institucional, sino que escucha el dolor y permanece, como indica con concisión, «a la espera». Esperar, acompañar, atender, cuidar, en ningún caso curar, son las palabras que definen su clínica, de nuevo redescubierta en su jovial artesanía. Algo muy distinto a dirigir, evaluar, diagnosticar o interpretar, que son palabras del psicoanálisis, de la psicoterapia y de la psiquiatría.

Muchas veces hemos oído que la sabiduría consiste en desprenderse de los saberes adquiridos y quedarse con el poso y la horma que han dejado en su lugar. A esa ocupación le llamamos purificar. Pereña comparte con los psicóticos un ideal, el ansia de purificar. Purificar las ideas, purificar el deseo y purificar la moral. El psicótico lo hace para mantenerse a flote, mientras que nuestro protagonista lo aplica para desprenderse de todo lastre y alcanzar la liviandad.

En cierta ocasión Freud sostuvo que él había triunfado allí donde el paranoico fracasaba. Se refería a la homosexualidad latente, concepto con que explicaba la desconfianza morbosa del delirante, por un lado, y, por otro, sus relaciones masculinas de amistad. Sobre Pereña podemos afirmar algo parecido, aunque jubilando para ello la terminología decimonónica de Freud. Eliminando definitivamente del discurso esa literatura sexual que le «produce vergüenza ajena», y que le sobrecoge e indigna cada vez que oye hablar de envidia del pene, de masoquismo femenino, del hijo como sustituto y de la niña considerada como un hombrecito. Temblor que sospechamos que no se atenúa, incluso se incrementa, si escucha hablar de castración simbólica, falo, nombres del Padre y otros goces, con los que el campo lacaniano ha pretendido superar ilusoriamente el androcentrismo que le puebla.

Decía que triunfa porque así como el psicótico a veces se hunde y resquebraja con el peso de la nada, Pereña se escuda frente a los riesgos del abismo pensando en la luz de Ronda, en el flamenco, en la tauromaquia y en su pasión por la montaña. Con estos soportes en la sentina ejerce de espeleólogo pulsional con sobrada competencia y sin temor a perder una carga bien estibada. Siempre pensé que a Pereña le atrae la montaña porque le gusta subir y bajar. No es hombre de llano ni de horizontes planos. No le gusta ir por donde uno no se pueda precipitar. Por donde no pueda alejarse del runrún de la gente, y hacerlo incluso para siempre, no le merece la pena caminar. Sus pacientes son casi siempre caminantes a los que acompaña un tiempo mientras aprenden a orientarse y a prescindir de lo superfluo de la vida. Luego los anima a marchar. Se limita a indicarles por dónde se oculta la verdad de la vida cuando no se cuenta con un porqué ni un más allá.

Fernando Colina